Lo que se aplaude y no se aplica

Dip. Omar Ávila /

Un día después del balotaje brasileño, el gobierno venezolano felicitó a Luiz Inácio Lula da Silva por su cuarto mandato, mencionando que Brasil había dado una lección, al no imponerse extremismos ni fanatismos de ningún tipo en el proceso electoral. Tiene razón en que Brasil dio un ejemplo, y en este espacio ampliaremos el aprendizaje para los venezolanos, ya que en Venezuela “la lección” no se ha aplicado por décadas.

Lula ganó el 25 de octubre con 51,79% de los votos válidos, frente a 48,21% de Flávio Bolsonaro: 4,4 millones de votos de diferencia, aún cuando tres semanas antes había terminado segundo y además en Brasil nunca antes un candidato había remontado así entre la primera y la segunda vuelta.

Desde Unidad Visión Venezuela, pensamos que lo notable no es explicar quién ganó, sino que todos sepamos por qué: En el país vecino, el candidato opositor compitió sin inhabilitaciones y ganó la primera vuelta. Los boletines de cada urna son públicos, cualquier partido puede sumarlos y comprobar el total. Las auditorías compararon votos en papel con los registrados por las máquinas y no encontraron diferencias.

Además, lo que se ve desde afuera, es que en Brasil el árbitro no responde al ganador: el presidente del tribunal electoral que proclamó la victoria de Lula llegó al Supremo nombrado por Jair Bolsonaro. Y en Brasil quien gobierna puede perder, le pasó al propio Bolsonaro, que en 2022 perdió su reelección. Y también le pasó al partido de Lula, que salió del poder en 2016 y perdió la presidencial de 2018.

Los venezolanos conocemos el negativo de esa fotografía por historia reciente, cuando el CNE proclamó un ganador sin publicar resultados por mesa y fueron los ciudadanos quienes tuvieron que recoger, escanear y publicar las actas. Lo que en Brasil es un trámite administrativo, en Venezuela fue un acto de civismo.

Ahí está la paradoja de celebrar un resultado extranjero, cuando esas mismas reglas básicas han sido limitadas o asimétricas en nuestro país. Si la lección brasileña es que no se imponen extremismos, entonces, lo primero que Venezuela necesita demostrar al mundo es que, aún estando en el poder, se debe aceptar la posibilidad de perder.

Ciertamente, “la lección” de Brasil no es perfecta, ya que el candidato derrotado no aceptó el resultado y anunció que pediría la anulación de la elección, alegando que un ministro del Supremo cambió las reglas al prorrogar el horario de votación hasta las 19h. Pero, esa discusión sobre competencias es legítima y la resolverán los tribunales.

Además, las dudas sobre el poder judicial también son reales; basta con mencionar que el mismo día del balotaje, la Policía Federal pidió medidas contra Flávio por sospechas de lavado de dinero y el ministro Alexandre de Moraes le prohibió salir del país, y él viajó a Estados Unidos de todas formas. Los críticos ven en el momento elegido y en la concentración de poder del Supremo una señal de asimetría y también saben recordar que la justicia brasileña ha encarcelado a presidentes de todos los signos, incluido el propio Lula. Es un debate legítimo, pero es otro debate: el resultado electoral no depende de él, porque está en actas que cualquiera puede revisar.

A fines prácticos según los expertos en la materia, los números están a la vista de todos y según los datos, después de las 17h votaron unas 34 mil personas en todo el país, menos del 1% que la ventaja de Lula. También es oportuno recordar que Brasil tampoco es un país en calma, arrastra la expansión del crimen organizado, una de las policías más letales del mundo, cifras récord de feminicidios y una deuda pública que preocupa a los economistas y casi la mitad de los electores votó por un cambio.

Y esta es justamente la diferencia: en Brasil esas críticas pueden hacerse con datos públicos y se dirimen en las urnas y los tribunales. En pocas palabras, una democracia imperfecta sigue siendo una democracia, porque quien gobierna puede perder y volver a intentarlo de nuevo.

Desde la oposición, también debemos dar lectura a lo sucedido: Flávio Bolsonaro dio por hecho que los votos de los candidatos eliminados llegarían solos, sus líderes lo apoyaron, pero apenas hicieron campaña, y parte de sus electores se quedó en casa o votó por Lula. En Venezuela no hay segunda oportunidad para reagruparse, y una oposición de facciones le entrega el triunfo al poder.

Además, es bueno mencionar que el rechazo pesa tanto como el apoyo, Flávio tenía una base sólida, pero también un rechazo alto, heredado y propio. Evidentemente, la segunda vuelta le dio a la derecha una oportunidad de reagruparse y no la aprovechó. Una elección de transición en Venezuela también la definirán quienes no se identifican con ningún bando; por lo tanto, el candidato y el mensaje también tienen que ser para ellos.

Basta con mirar ambas campañas: la campaña de Flávio se comportó como si ya hubiera vencido: dejó de dar entrevistas, sus aliados electos se fueron a celebrar y él se burló de Lula en los debates; por otro lado, la de Lula actuó como quien va perdiendo, cediendo opiniones y hasta espacios conquistados. En Venezuela, ganar incluye lograr que el resultado se reconozca, y la euforia o el triunfalismo anticipado es un lujo que no podemos darnos.

Para finalizar, la abstención brasileña tuvo la mayor caída entre vueltas de su historia (cayó de 21,08% a 19,22%), sumado a que tres de cada cuatro votos nuevos fueron para Lula.

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